Me han dado un cuerpo.
Ahora me toca definir qué debo hacer con él; tan completo y tan mío.
Pequeños placeres: respirar, vivir.
Dime, ¿a quién le debo agradecer?
Es como una flor que crece en este calabozo al que llamamos mundo; hermosa y frágil pero nunca sola.
Mi respiración y mi calor serán colocados, sin duda alguna, en el mejor cristal de la eternidad, dejando impreso un patrón que nunca perderá su vigor.
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